Millennials: Bendita juventud

Me encargaron escribir un artículo sobre los Millennials, esa generación de los nacidos entre los años 1980 y 2000 aproximadamente. Buscando información sobre ellos me encontré con apelativos algo negativos que me llevaban a imaginar un futuro bastante desolador en manos de unos jóvenes que me eran descritos como malcriados, tiranos, desobedientes, egoístas, vagos, superficiales, inconformistas, que solo sabían relacionarse a través de las redes sociales y que practicaban el obsesivo culto a sí mismos. Un mundo llevado por este tipo de personas no puede ser un buen mundo. Así que sálvese quien pueda, pensé.

Esto venía a confirmar mi creencia de que mi generación, la llamada Generación X y que fue la anterior a los Millennials, fue la mejor de todas. Pero entonces caí en la cuenta de que lo que yo estaba pensando ya lo pensaron mis padres sobre su generación, y antes que ellos lo pensaron mis abuelos sobre la suya. Entonces sospeché que a lo mejor solo se trataba de un amor hacia lo de uno mismo que no te deja ver con perspectiva. Y empecé a analizar por qué yo pensaba que mi generación era tan maravillosa.

La generación X fue una generación criada en un equilibrio de amor y disciplina. Eso significa que estaba mimada porque no le faltaba de nada, no pasó necesidades ni conoció grandes problemas. Pero sí que se le enseñaba que todo requería un esfuerzo: si estudiabas, ibas a clase y obedecías al profesor sacabas buenas notas; si te portabas bien los Reyes Magos te traían lo que pedías en tu carta (y luego tenías que compartirlo con tus hermanos, por supuesto). Cuando tenías suficiente edad te daban paga semanal que te llegaba para pagarte la merienda en el burguer del barrio y el cine con tus amigos, y si eras lista y sabías ahorrar de vez en cuando te podías comprar ese disco de tu cantante favorito por el que tanto suspirabas. No teníamos todo lo que queríamos, pero teníamos bastantes cosas. Fue una generación educada en un ambiente familiar, donde se te animaba a estudiar, conseguir un trabajo fijo, tener un piso en propiedad y formar una familia. Y aunque se nos procuró una vida acomodada también es verdad que se nos imponían normas y se nos enseñaba disciplina. No te das cuenta de lo importante que es eso hasta que llegas a la vida adulta y te enfrentas al mundo sin la ayuda de tus padres. Hasta ahí nuestra educación de AMOR+DISCIPLINA parecía la más acertada.

Me resulta incomprensible entonces que mi generación haya educado a la siguiente, la de los Millennials, sin ese mismo equilibrio perfecto. Hemos suprimido la DISCIPLINA de la educación, porque parece ser que es una palabra que genera rechazo. Y los niños nos han salido malos, o eso nos parece. Porque nos contestan, hablan mal, no obedecen, se quejan por todo, se rebelan, no respetan a nada ni a nadie. ¡Hemos criado a unos monstruos! Pero entonces indago en los archivos de la historia y leo que Sócrates o Platón ya se quejaban de lo mismo hace 2500 años:

“Los jóvenes de hoy aman el lujo, tienen manías y desprecian la autoridad. Responden a sus padres, cruzan las piernas y tiranizan a sus maestros. Los jóvenes hoy en día son unos tiranos. Contradicen a sus padres, devoran su comida, y le faltan al respeto a sus maestros.” – Sócrates.

“¿Qué les pasa a nuestros jóvenes? No respetan a sus mayores, desobedecen a sus padres. Ignoran las leyes. Hacen disturbios en las calles inflamadas con pensamientos salvajes. Su moralidad decae. ¿Qué será de ellos?” – Platón

Y me río al recordar a mis padres quejándose exactamente de lo mismo cuando yo era muy joven. Y no digamos ya mis abuelos para los que éramos unos auténticos extraterrestres con aquellas crestas de colores, pendientes, tatuajes y música estridente sonando en aquellos aparatos que colgábamos de nuestras orejas.

Y es ahí cuando me doy cuenta de que los Millennials no son muy diferentes del resto de las generaciones pasadas.

Entonces lo que está mal no son ellos, es el mundo. No son ellos los malcriados, tiranos, desobedientes, egoístas, vagos, superficiales, inconformistas, que solo se relacionan a través de las redes sociales y que practican un obsesivo culto a sí mismos. Somos todos.

Y es entonces cuando me doy cuenta de que quien ha creado este mundo somos precisamente la generación X, esa generación tan bien educada que parecía tenerlo todo en su justa medida y conocía el valor del esfuerzo y la disciplina. Y comprendo cómo hemos llegado a esto.

Tenemos un mundo que no nos gusta pero aceptamos vivir en él, sin cambiar nada. Igual que hacemos con nuestros hijos. Los dejamos crecer sin atrevernos a contrariarlos, a disciplinarlos, a imponernos. Porque en nuestra educación nos enseñaron que si eras bueno tenías paga, que si no te salías de las normas obtenías recompensas. Otras generaciones anteriores a la nuestra se rebelaron contra sus mayores porque no tenían nada que perder y mucho que ganar: mejores salarios, más libertad, más justicia e igualdad. Pero nosotros ya teníamos todo eso. Crecimos en una constante apatía como meros espectadores. Por eso se nos llama la generación MTV, porque fuimos una generación de observadores, todo lo vivíamos por televisión. Las catástrofes (viendo la agonía de una niña que se ahogaba en lodo tras la erupción de un volcán en Colombia); las guerras (englobada en una guerra fría que para nosotros prácticamente no pasó de ser una estupenda película, “Juegos de guerra”); el hambre (que sirvió para darnos una de las mejores canciones de la historia de la música, “We are the world”, y reunió a todos nuestros artistas favoritos en un gran concierto, “Live Aid”). No teníamos que luchar por nada porque o ya luchaban otros mientras les mirábamos por televisión o simplemente no había nada por lo que luchar. Nos convertimos en simples espectadores acomodados en el sofá de la pasividad.

La generación de los Millennials no ha tenido una vida tan fácil, al contrario de lo que pueda parecer. Creemos haberles dado de todo, pero no les sirve de nada. Solo les hemos hecho adictos al consumismo, como lo somos nosotros. Y les hemos entregado un mundo inmerso en una crisis espiritual, con desigualdades que nos alejan tanto a unos de otros que solo crean rencor y el temor de que vengan a arrebatárnoslo. Un mundo con la alarmante amenaza de un cambio climático, con sobrepoblación y la terrorífica posibilidad cada vez más real de que se quede sin alimento, sin agua para todos. Y nuestra generación, la generación pasiva que todo lo ha vivido por televisión, nunca hace nada, solo mira y espera que las generaciones venideras tengan la solución a sus problemas.

Así que mi visión sobre mi generación ha cambiado rotundamente. Nosotros no hemos aportado nada al mundo, ni a la historia (bueno sí, un montón de grandes músicos y maravillosas canciones). Pero no hemos cambiado nada, solo cogimos el mundo que nos dieron nuestros padres y lo hemos usado hasta gastarlo.

Miro a los Millennials y pienso que ellos sí que van a ser una gran generación que va a hacer grandes cosas. El mundo está tan mal que no les va a quedar más remedio que arreglarlo. Ellos son curiosos e inteligentes, rebeldes y ambiciosos. Son personas concienciadas socialmente, con ideologías liberales, mentes abiertas, tolerantes, empáticos con el mundo que les rodea, interesados por mejorar. La Generación Millennials abrirá los ojos y verán que el mundo será lo que ellos hagan de él. Y querrán mejorar las cosas. Benditos jóvenes que siempre quieren desmarcarse de sus padres, que siempre quieren ser diferentes, que siempre se saben mejores.

Y para ilustrar este post nada mejor que un cortometraje en el que la osada rebeldía de la juventud vence a la obstinación de la veteranía.

“Estribillo” de César Tormo:

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